martes, 26 de abril de 2011

CARACTERÍSTICAS DEL "CAMPO" ARGENTINO

Los dos "campos" argentinos. Estudio de las relaciones
asimétricas y diseño de estrategias para el desarrollo rural1
Lic. Ariel Oscar García
Lic. Inés Liliana García
Lic. Esteban Rodríguez
Dr. Alejandro Rofman
1.- Introducción
La inserción “modernizante” de la agricultura científica aliada al
agribusiness global en el agro argentino era tema discutido en ámbitos
acotados, hasta que a principios de 2008 se suscitó la discusión pública
sobre los derechos de exportación de cereales y oleaginosas. En este
escenario se produjeron y reprodujeron opiniones diversas que focalizan en
la coyuntura pero que sobresalen por la carencia de planteos de proyectos a
mediano y largo plazo. Por ende, ante la insuficiencia de análisis críticos que
propongan medidas superadoras de mayor horizonte temporal que una
campaña agrícola, entendemos que es preciso asumir una visión de la
situación y desenvolvimiento agrario y agroindustrial actual que considere
fehacientemente escenarios contemporáneos y potencialmente posibles.
El presente trabajo busca contribuir al diseño de políticas públicas que se
sustenten en una adecuada comprensión de la dinámica de acumulación
presente en el sector agrario nacional. Pues, sin una apreciación del
conjunto de actores involucrados en el agro es imposible avanzar en la
construcción de escenarios a futuro. Los objetivos particulares son: i) discutir
el heterogéneo perfil que asume contemporáneamente la estructura
productiva y social del agro argentino, y ii) describir lineamientos
estratégicos de políticas de tierra, de crédito, fiscal, de precios, ambiental y
tecnológica que deberían ser considerados como centrales en las políticas
públicas.
La heterogeneidad estructural del perfil socio-productivo de la agricultura
nacional es un elemento clave para cualquier análisis que se realice sobre el
tema, esto es una obviedad. Sin embargo, corresponde “desmitificar”
imágenes construidas sobre tal perfil debido a que la sociedad argentina en
general carece de información concreta y actualizada al respecto. En esta
imagen estática del agro prevalece el estereotipo más tradicional sobre el
actor social que produce bienes primarios agrícolas en distintas regiones
agro-económicas del país. Así, con diversos matices y profundidades se
considera que como hace más de cuatro décadas, el productor con su
familia descendiente de inmigrantes europeos habita en la chacra
pampeana, desarrollando complejas y sacrificadas actividades durante
extensas jornadas que lo convierten en un “ejemplo de trabajador” y por las
cuales logra un excedente apenas suficiente para la reproducción de la
unidad doméstica. Esta imagen del productor que reside en nuestras mentes
a través de lo que se nos enseñó en la escuela o se nos transmitió durante
1 El presente artículo fue realizado en el marco del PIP-CONICET 5459 con el que cuenta el
Grupo de Economías Regionales del Centro de Estudios Urbanos y Regionales.
años por vivencias cercanas, permanece inalterable o con variaciones que
no cambian la caracterización generalizada.
Sin embargo, debajo de las ideas del sentido común y presuntamente
naturales que existen sobre el espacio y el tiempo -en este caso sobre el
espacio y el tiempo agrarios-, yacen ocultos campos de ambigüedad,
contradicción y lucha (Harvey, 2004: 229). Contrapuesto a esta imagen
generalizada del actor social agrario característico de la Pampa de los
inmigrantes europeos, otro muy importante segmento de la población de las
grandes metrópolis urbanas pampeanas posee un marco referencial
diferente respecto de su procedencia y de su destino. En este caso, quienes
migraron desde la década de 1930 hasta la actualidad, del norte y el oeste
de la Argentina hacia tales ciudades, legaron a sus hijos y nietos otra
imagen del “campo”. Es la que no los pudo contener adecuadamente para
brindarles un futuro prometedor y reprodujo el permanente recuerdo de su
origen. Así, entre 1940 y 1970 se insertaron en los mercados de trabajo de
las ciudades del Litoral en constante expansión. Más tarde, la persistente
crisis social los expulsó masivamente de sus predios y, en su arribo a las
ciudades, sufren de marginación y exclusión laboral. En este caso, los
criollos o mestizos descendientes tienen una visión nostálgica de su
residencia de origen, en donde pocos o ninguno pudieron reproducirse.
El primer modelo de sociedad agraria quedó en las mentes de gran parte
de la clase media de origen europeo que vive en las ciudades. El segundo
sector, desvinculado de la agroexportación próspera y ligado con la provisión
de alimentos e insumos desde pequeños establecimientos con serias
dificultades para obtener ingresos subsistenciales, produjo en los habitantes
preexistentes de las ciudades receptoras un fuerte rechazo. La imagen es
totalmente diferente en estos últimos. Fueron y son los “cabecitas negras”,
“invasores” del pacífico ámbito urbano, sujetos a diversas formas de
clientelismo y tildados por su “baja” vocación al trabajo y a la “disciplina”.
Ninguna bonanza económica arropó a los llegados desde el interior profundo
luego del decenio de 1970. Por el contrario, fueron conscientes de las
privaciones, las dificultades para permanecer en sus explotaciones y la
obligada salida, sin retorno, de miembros de sus familias, lo que aún supone
referencias dolorosas en la mayoría absoluta de los emigrantes.
Estos imaginarios colectivos se nutren de paisajes idealizados que han
cambiado sustancialmente o bien de experiencias personales ligadas con la
migración. Pero más allá de estas circunstancias, que inciden notoriamente
en sus conductas frente a las contrastantes situaciones en que se ven
envueltos los actores sociales en uno y otro escenario, reflejan procesos de
profunda transformación que no resultan claros en su explicación ni
correctos en su descripción cotidiana.
Desde nuestra responsabilidad como estudiosos de esta divergente
realidad deseamos agregar, con este texto, un elemento más al debate
nacional de la cuestión agraria que desnude las inexactitudes de visiones
estereotipadas sobre nuestra estructura agropecuaria o confirme
situaciones de fuerte deterioro social. Sin avanzar en esta dirección será
muy difícil construir proyectos transformadores a futuro.
Es por ello que sistematizamos una serie de propuestas de política
pública que contemplen el perfil de los dos “campos” que pueblan nuestro
interior rural, aporte que, por supuesto, queda abierto a la polémica de los
lectores. Los modelos puros son abstracciones que realizamos para poder
describir situaciones que consideramos recurrentes. Por esto, aclaramos que
tanto el modelo dominante como el “contra-modelo” en realidad no existen
como tales, son aproximaciones.
El trabajo se estructura en tres apartados. En el primero describimos a
grandes rasgos el modelo del agribusiness y el de la agricultura familiar,
desde una perspectiva que considera el territorio no como mero receptáculo
sino como producto de las relaciones de poder. En el segundo, proponemos
seis lineamientos estratégicos para revertir los procesos de subordinación
existentes en distintos circuitos y entre diferentes actores. Por último, en el
tercero realizamos algunas consideraciones finales.
2.- Los dos modelos de la Estructura Agraria argentina contemporánea
2.1. El modelo del “agribusiness”
En este apartado analizamos el agribusiness en la actividad primaria. Si
bien nos remitimos al caso pampeano no nos circunscribimos solo a éste,
puesto que también este modo de gestión y producción agrícola se implanta
en determinadas economías regionales, organizándose en función de la
exportación.
Considerar que la heterogeneidad de los escenarios agrícolas es un rasgo
distintivo del siglo XXI sería caer en un error de apreciación. Diferencias
siempre existieron. Sin embargo, lo particular de esta época es su
exacerbación. Después de todo, tendería a acrecentarse la brecha entre los
que acompañan la “modernización” de la agricultura en el capitalismo de
escala global y aquellos que resisten o subyacen al margen del sistema.
A fines del siglo XX, Argentina pasó de ser el afamado granero cerealero
al granero oleaginoso del mundo. Tal cambio es resultado de múltiples
dinámicas que interactúan en el nivel local, nacional y global, pero que
serían comandadas desde este último. Bisang y Gutman (Pfr. 2003: 8)
consideran que el impacto de la revolución verde -difusión de la agricultura
científica en el agro- ha sido acotado y tardío en el escenario local. Esta
forma de difusión se modifica drásticamente con la apertura comercial y la
desregulación estatal de la década de 1990. Asimismo, Rofman et. al. (Pfr.
2005: 16) sostienen que en los últimos decenios el sector agropecuario pasó
por profundas transformaciones. Desde el mencionado decenio, las mismas
fueron particularmente evidentes con la aplicación del modelo de ajuste
estructural expansivo. La política económica basada en el tipo de cambio fijo
que impuso estrategias tendientes a asegurar el éxito de dicho modelo, fue
el principal catalizador del proceso de modernización acelerada de la
agroindustria argentina y su eficiente inserción en la economía internacional.
Bisang y Gutman (Pfr. 2003: 8) señalan que en dicho decenio se operó un
importante crecimiento e internacionalización de la producción, sustentado
en: a) la adopción de tecnologías de punta en lo relativo a productos y
procesos; b) la puesta en producción de áreas marginales mediante el
empleo de nuevas técnicas agronómicas; c) transformaciones en el modelo
de organización de la producción primaria; y d) la rearticulación de dicha
producción en el marco de los circuitos agroalimentarios (Ibidem). Rofman,
et. al. (2005: 17) consideran que los tres pilares básicos desde los cuales se
han venido implantando los procesos tecnológicos innovativos son: a) la
biotecnología; b) la oferta en creciente aumento de agroquímicos; y c) los
permanentes progresos derivados de la ingeniería genética. Al mismo
tiempo, surgieron y se están difundiendo tecnologías de proceso. Esto se
evidencia en las nuevas prácticas organizativas de las actividades de
siembra, de manejo del cultivo y de cosecha, que incluyen inversiones
elevadas tales como pools de siembra, siembra directa, contratación de
tierra por cosechas, adquisición de nuevas extensiones a partir del
desplazamiento de la frontera agrícola, mecanización del proceso de
recolección, etc.
Los citados procesos tuvieron claras implicancias a nivel de explotación.
En efecto, se observó un fuerte predominio de la oferta de insumos
industriales sobre la producción. De este modo, la introducción e
implantación de semillas transgénicas conllevó la necesaria adopción de
herbicidas, genética animal, etc. Estos paquetes tecnológicos son los
empleados en los países centrales. Son ofrecidos por contadas empresas
trasnacionales con injerencia en el conjunto de insumos agropecuarios y con
presencia nacional gracias a aceitados canales de comercialización y
distribución. Sumada a la tecnología de productos, los procesos también se
transformaron. En efecto, en el decenio de 1990 se difunde y consolida el
papel de los terceristas. Estos agentes intervienen en la producción a través
de un contrato que efectúa el propietario o arrendatario de la tierra. Estos
intermediarios actúan entre los condicionamientos industriales impuestos por
las tecnologías disponibles y los riesgos propios de la agricultura. A su vez,
la producción primaria es influida por nuevas articulaciones efectuadas por la
industria agroalimentaria y el hipermercadismo, que imponen vía contrato
una standarización en la calidad de los bienes agrícolas (Pfr. Bisang y
Gutman, 2003: 14; Teubal y Rodríguez, 2002: 41-54).
La citada situación es un fenómeno de alcance mundial, puesto que las
empresas trasnacionales actúan como vectores concretos de la
globalización. Y no sólo inciden en la producción agrícola, sino también a
través de la provisión de insumos y el procesamiento industrial de aquella.
Teubal (Pfr. 2001: 52) considera que se trata de corporaciones que dominan
el mercado mundial de diversos tipos de insumos básicos como semillas,
fertilizantes y pesticidas. Además, estas cuentan o financian grandes
centros de investigación dedicados a la ingeniería genética, a la zoología y a
la botánica, avances gracias a los que han patentado nuevos cultivos o
variedades de los mismos. Producción primaria y provisión de insumos no
son los únicos eslabones de esta cadena global que es comandado por las
empresas transnacionales. Este mismo autor (ibidem) señala que, por un
lado, las mismas inciden en la producción de alimentos procesados y llegan
hasta el consumidor mediante la consolidación y difusión de marcas
alimentarias mundiales y nuevos productos procesados. Por otro, también
venden servicios vinculados con la aplicación de semillas híbridas e
impulsan nuevas prácticas de manejo agropecuario.
Como corolario de esta situación con implicancias en distintas escalas de
análisis, es importante poner de relieve que la trayectoria de los agentes
económicos se vincula con la capacidad diferencial de abordar este tren
“modernizador”. Rofman, et. al. (Pfr. 2005: 17) sostienen que la presencia de
grandes grupos económicos, nacionales o multinacionales en el proceso de
liderazgo y control de la actividad agroindustrial en sus más diversas
manifestaciones tornó posible el proceso transformador de la agroindustria
argentina. Ello se aprecia en la emergencia de firmas de gran poderío
económico en todo el espectro de la innovación tecnológica -tanto en la
investigación genética como en la oferta de semillas transgénicas,
agroquímicos- para incrementar la productividad física de la producción y
desterrar enfermedades y malezas, o en la incorporación de nuevas
especies para elevar la calidad de los alimentos o insumos obtenidos. Pero,
a la vez, la modernización y crecimiento de la oferta se basó en el desarrollo
eficiente de la producción en las unidades económicas capaces de aumentar
la productividad física de los bienes destinados al consumo intermedio o
final. Estas unidades económicas -medianas y grandes, tanto en la
agricultura de secano como de riego- suelen acoplarse al proceso
emergente. Para ello, debieron y deberán contar con recursos financieros
propios, acceder a créditos externos en magnitudes significativas y a una
renovada capacidad de gestión. Surge de lo antedicho, que la capacidad de
hacer frente al desafío que implica esta revolución productiva y técnica en
las actividades agroindustriales nacionales, no puede ser afrontado de
similar modo por un mediano y gran productor capitalizado -con relaciones
formales dentro y fuera del sistema económico y estrechos vínculos con las
instituciones financieras del país y/o del exterior- que por un pequeño
productor con ingresos iguales o menores a los necesarios para
reproducirse, con una inserción informal y sin canales de obtención de
crédito institucionalizado. Barsky y Gelman (2005: 396) consideran que el
perfil de la expansión productiva impulsada por las políticas
macroeconómicas de la década de 1990 fortaleció los procesos de
concentración del capital.
Como observamos, los actores de la región pampeana asistieron a una
importante transformación en los últimos decenios del siglo XX, y más aún
en el de 1990. En síntesis, las grandes y medianas explotaciones accedieron
a innovaciones de tecnología y de proceso con las que pudieron integrarse
exitosamente a la transnacionalización agroindustrial de la época. En aquella
década, los pequeños productores -muchos endeudados- encontraron serias
dificultades para reproducirse en un contexto de precios bajos y fueron a la
quiebra.
El productor ya no es más el del imaginario colectivo arriaba enunciado.
No reside en la finca con su familia sino en ciudades vecinas. Atiende
escasamente la actividad permanente en su predio pues los procesos de
siembra y cosecha al perfeccionarse y mecanizarse totalmente implican la
contratación de equipos de “terceros”, proveedores por poco tiempo en cada
campaña, de los equipos necesarios para sembrar o para cosechar. La
densidad de fuerza de trabajo baja abruptamente o simplemente desaparece
.Los “contratistas” se encargan de todo. Y el proceso de arrendamiento
supone que, para el cultivo de los más importantes cereales (trigo,maíz) y
oleaginosas (soja, girasol) el pequeño y mediano productor, si no desea
explotar su propiedad rural ,la alquila a vecinos, amigos financistas o los
grupos económicos encargados de trabajar con grandes extensiones y con
economías de escala. El 70 % de la tierra pampeana, actualmente, adopta
esta modalidad novedosa. Los nietos de los antiguos arrendatarios son
arrendadores y viven en las ciudades de las elevadas rentas que obtienen
por alquilar sus fincas. Un productor mediano, en la zona pampeana, por
ejemplo, que posee un campo de 500 hectáreas puede obtener una renta de
300 dolares por hectárea promedio, lo que supone percibir por año 150.000
dolares, vivir en la ciudad y realizar inversiones de todo tipo con esos
recursos, además de disfrutar de un nivel de vida envidiable, sin horarios de
trabajo estrictos. El estereotipo arriba citado, aún persistente en muchas
mentes de residentes urbanos, ya no existe más. A lo sumo, tiene alguna
presencia en los tambos aunque esta actividad está fuertemente dañada por
el avance de la soja. Conozcamos qué sucede en las áreas extrapampeanas.
2.2. El modelo de la agricultura familiar en la periferia regional argentina
En el interior del país, en las comúnmente denominadas economías
regionales o extrapampeanas, el cuadro no fue muy diferente. En tal
sentido, la agricultura familiar de la periferia necesita ser analizada en el
marco de los procesos globales comandados verticalmente por agentes
transnacionales, los cuales han transformado los distintos circuitos del
interior argentino. Bendini y Tsakoumagkos, (2001: 1, citados en Bendini y
Steimbreger, 2005: 189) observan fenómenos que no son exclusivos de la
presente década, sino que se inician en el decenio de 1970 y que se
profundizan desde el de 1990. Según estos autores, se están
experimentando cambios definidos por la intensificación del dominio del
capital multinacional sobre el agro. Esta situación se evidencia en la difusión
de distintas formas de flexibilización laboral, el incremento de la
pluriactividad y la profundización de la articulación subordinada por parte de
los productores a las cadenas agroalimentarias. En estas cadenas son
habituales las decisiones provenientes de las grandes empresas
transnacionales que dan cuenta de los condicionamientos externos y el
deterioro o expulsión de los productores familiares, la reconfiguración
territorial y la redefinición de los actores sociales a escala local, entre otros.
Las políticas macroeconómicas favorecedoras de la inserción de la
agricultura argentina a los mercados internacionales han impactado
diferenciadamente en territorios y actores. En definitiva, el modelo agroexportador
asociado a la biotecnología, a la oferta en creciente aumento de
agroquímicos y a los permanentes progresos derivados de la ingeniería
genética es el “modelo exitoso”. Sin embargo, el agro argentino no se agota
en dicho modelo. Es posible reconocer un “contra-modelo”, donde
predominan los actores subordinados de los distintos circuitos a través de la
agricultura familiar. El mismo es compuesto por un número de campesinos y
pequeños productores que varían entre las casi 200 mil EAPs minifundistas
y los cerca de 75 mil hogares rurales agrarios pobres (Tsakoumagkos, et. al.
2000: 47). Según estos autores, la magnitud de este grupo social en las
distintas regiones da lugar a tres situaciones bien diferenciadas: a) regiones
con alto peso en el conjunto de la población campesina y pequeño
productora del país y alta incidencia entre los productores de la región, son
la mesopotamia, el monte árido, los valles del NOA y también el chaco
húmedo; b) regiones con alto peso y baja incidencia, la región pampeana y
los oasis de riego; c) regiones con bajo peso pero alta incidencia, la puna, el
chaco seco, la patagonia lanera; y d) regiones que no responden a
parámetros claros, los valles patagónicos, la agricultura andina patagónica y
la agricultura subtropical del NOA (ibidem).
Para caracterizar la agricultura que se reproduce al “margen del sistema”,
en ausencia o escasez de capital, es posible describir el caso de la
agricultura yerbatera de Misiones, el que con matices puede ser replicado
para otras regiones y explotaciones familiares. La producción de este cultivo
suele ser efectuada por los miembros del grupo familiar doméstico. Son
escasas las unidades que cuentan con mano de obra asalariada. Y cuando
disponen de ésta es en tiempo de plantación y o cosecha de los distintos
productos destinados a la comercialización. Se trata de propietarios de la
tierra y de medios de producción, salvo en casos donde se registra la
tenencia irregular, la aparcería y el arriendo con pago en especies o trabajo.
La tecnología que suelen utilizar es de tracción a sangre combinada con
productos agroquímicos modernos y en pocos casos con maquinarias
movidas a combustión. La mayoría del tiempo de trabajo es dedicado a la
producción agrícola de cultivos comerciales (tabaco y/o yerba mate, té,
diversificando a veces con citrus y duraznos). Forman parte subordinada de
complejos agroindustriales a los que destinan la materia prima.
Complementan los ingresos de los cultivos comerciales principales con
horticultura (verduras, mandioca y batata) y otros productos para
autoconsumo -huevos de gallinas, carbón vegetal y cereales-. Una cantidad
significativa de unidades tienen ingresos que provienen exclusivamente de la
actividad agropecuaria de la explotación. En menor proporción existen
hogares con ingresos extraprediales pero menores a los generados en la
unidad, y, finalmente, es posible hallar unidades donde los ingresos
extraprediales son superiores a los generados en la explotación (Pfr. Barsky
y Fernández, 2005: 96-97).
Pero también en Misiones podemos ver ejemplos de cómo las empresas
transnacionales consiguen integrar plenamente la producción familiar como
eslabones de sus cadenas globales. Nos referimos al caso del tabaco burley
en el centro y nordeste provincial2. La producción primaria es organizada y
controlada por un reducido grupo de compañías acopiadoras -brazo
operativo de las tabacaleras internacionales- que entablan anualmente
relaciones contractuales con 11 mil a 13 mil agricultores. Estos suelen ser
ocupantes con permiso o propietarios de pequeñas extensiones de tierra,
emplean mano de obra familiar y el promedio de superficie que dedican a
este cultivo extrañamente supera las 5 ha. El tabaco permite a los
agricultores estabilizar las nuevas explotaciones y contar con liquidez para
un consumo e inversión básicos entre las familias. Este escenario se
encuentra determinado por la influencia directa que los acopiadores ejercen
sobre miles de productores primarios. Estos suelen incorporar de manera
pasiva las decisiones productivas y comerciales tomadas por los agentes
2 El nordeste de Misiones constituyó hasta tiempos recientes una frontera agrícola con
tierras disponibles
comercializadores externos (dealers) a través de los acopiadores, situación
que se evidencia en hechos como la rápida adopción de los paquetes
tecnológicos o de las variedades. La alta normatización de la relación entre
pequeños productores y empresas tabacaleras se observa en cuestiones
como el asesoramiento técnico permanente o la provisión de insumos y
materiales, donde los precios se alejan de los vigentes en el mercado. La
escasa capacidad de maniobra acerca e introduce a los productores a una
agricultura de contrato. En definitiva, al aceptar las condiciones y
financiamiento para el inicio de la campaña, el agricultor entra en un ciclo de
endeudamiento y des-endeudamiento que tiene como actor dominante a
agentes comercializadores externos (representados por las compañías
acopiadoras). Por último, los estudios explorados no dan cuenta de cambios
sustanciales en esta relación o en el cambio de situación de ambos actores
tras la devaluación de la moneda de 2002 (García, 2007: 4-5).
Algo que se observa en casi todos los circuitos productivos es la
reorientación de los mismos hacia la exportación, lo que viene acompañado
de transformaciones en los actores y relaciones intervinientes. En algunos
de estos casos, esto suele significar el desplazamiento de la agricultura
familiar. Esto parece suceder en las principales actividades de la provincia
de Tucumán. Entre el período intercensal 1988-2002 se registró una notable
desaparición de pequeños productores cañeros y un marcado aumento en
los niveles de concentración de la tierra. Esto no impidió que luego de la
devaluación de 2002 la actividad adquiera una inédita orientación
exportadora, liderada por grandes empresas y grupos económicos que
adquirieron ingenios y controlan, directa o indirectamente, gran parte de los
cañaverales. Algo similar ocurre en la actividad citrícola, la cual es
controlada por escasos agentes de origen transnacional integrados
verticalmente, quienes a fines de la década de 1990 procesaban 48% de la
fruta producida en la citada Provincia (Pfr. Natera Rivas y Batista Zamora,
2005). Una estrategia comercial de estos agentes fue absorber a la
competencia e insertarse de forma directa, o a partir de empresas
vinculadas, en los circuitos de comercialización externa (Pfr. Ibidem). Debido
a su creciente importancia, comenzaron también a modificarse las formas de
contratación de trabajadores y los volúmenes de mano de obra requerida. En
este esquema, la organización de la cosecha se perfila como clave para
asegurar la calidad de la fruta de exportación en fresco (Aparicio, et. al.
2004: 10). Como puede observarse, entre las cuestiones aludidas gravitan
elementos ajenos al mercado interno, lo cual genera desajustes entre las
demandas internas -mano de obra, presión fiscal- y las condiciones externas
-baja de precios, medidas proteccionistas, exigencias de calidad-.
Como mencionabamos al principio de la sección, la capacidad de
insertarse en los mercados internacionales impactó en forma diferencial a los
distintos actores, lo que en algunos circuitos se manifiesta con una
estructura productiva dual. En Río Negro, la dinámica de acumulación en los
diferentes procesos comercializadores de la manzana y la pera contribuye a
la conformación y reproducción de dos circuitos, uno integrado y otro
marginal. El primero es el de empresas, agentes comerciales y productores
independientes, que tras la caída de la convertibilidad han asistido a un
potencial proceso de acumulación debido a su mayor fortaleza comercial y
productiva. Este grupo se compone de empresas integradas -principalmente
de capital extranjero- tradings y grupos de productores con estructuras
reconvertidas y nuevas variedades. Si se considera que el potencial de
acumulación se liga estrechamente con el acceso y control de los mercados
(sobre todo externos), son los agentes comerciales y las empresas
integradas quienes predominan sobre el productor independiente. El
segundo, es el circuito de los que quedaron “fuera del sistema”. Se
constituye de un universo heterogéneo de empresas integradas que poseen
cadenas de comercialización frágiles, productores integrados sin inserción
estable en tramas asociativas para unificar las ofertas y sostener un mayor
poder de negociación, y productores independientes sin estructuras
productivas reconvertidas. Ambos segmentos de fruticultores se encuentra
condicionados por la inserción en el mercado, la inversión y las posibilidades
de reproducción de la mano de obra. Están aquellos que pueden definir un
sendero de inversión seguro, para poder acompañar el necesario proceso de
reconversión técnico, y los que quedan rezagados. Pese a la devaluación y
sus efectos benéficos sobre los ingresos globales, persisten las dificultades
estructurales de los pequeños productores en disponer de excedentes
tendientes a adaptarse a las emergentes exigencias de renovación técnica.
Pues, la tasa de ganancia de los más pequeños es insuficiente para
garantizar en forma conjunta, tanto la reproducción de la fuerza de trabajo
como la necesaria acumulación para renovar el equipamiento de sus
predios. Los cambios en los precios relativos como producto de las
modificaciones del tipo de cambio parecieran definir un panorama más
alentador para el segmento más débil de la cadena agroindustrial (Rofman y
García, 2007: 7).
Un proceso similar podemos encontrar en la producción vitivinícola de
San Juan y Mendoza. La producción de uva se destina a tres
encadenamientos principales: consumo en fresco, elaboración de pasas e
industrialización, que a su vez origina dos subcircuitos: elaboración de vinos
y/o mostos, y jugos. Durante el decenio 1995-2005 los precios de la uva para
mesa y para vinos común y fino se incrementaron en términos reales
(Rofman y García, 2007: 11). No obstante, esta mejora no debe desdeñar el
aumento de los costos de producción y de reproducción de la fuerza de
trabajo en las áreas productoras, como tampoco la realidad social de las
áreas rurales aún en una época de crecimiento en términos agregados3.
Además, al introducir en el análisis la evolución reciente de las
exportaciones, encontramos que el sector ligado al comercio exterior es el
mayor beneficiario del escenario post-convertibilidad. Después de la
devaluación, a la pesificación de deudas y costos de producción debe
agregarse un mejoramiento en el precio por unidad exportada. No obstante,
el acceso a los mercados internacionales implicó un importante proceso de
reconversión de las variedades. En este escenario, los sectores
descapitalizados o sin acceso al crédito se vieron imposibilitados de mejorar
sus parrales, por lo que destinaron su producción exclusivamente al
3 En 2004, una encuesta sobre la población rural de Mendoza estimaba que, si se toma el
costo de la canasta familiar, 60 % de la misma era pobre por ingresos (DEIE: 2004: 45,
citado en Rofman y García, 2007: 11).
mercado interno4. Analizando el proceso pos-devaluatorio, Rofman y
Collado (2004: 2) sostienen que la estructura de inserción de los agentes
económicos en este circuito vitivinícola se ha mantenido sin grandes
cambios. Por esto, esperan que persistan -o se acentúen- las tendencias
que dieron lugar a la constitución de un nuevo escenario productivo regional
con eje gravitante en la exportación y las nuevas variedades. Para los
autores, el contexto está signado por la concentración y extranjerización
creciente del capital agrario, industrial y de intermediación, la desaparición
de numerosos pequeños productores tradicionales y la disposición sectorial
basada en la creciente preeminencia de los grupos económicos orientados
hacia la producción y exportación de vino fino (ibidem).
Por último, pero no menos importante, hay que resaltar los casos en que
la producción familiar fue desplazada por la expansión de los cultivos del
área pampeana, la soja en particular, lo cual significó el reemplazo de las
lógicas productivas existentes por las del “agribusiness” descritas en la
sección 2.1. El caso más emblemático es el de las transformaciones en la
agricultura del Chaco a partir de la década de 1990, con la expansión de la
soja genéticamente modificada. En 1999 esta provincia dejó su lugar de
principal productora algodonera argentina para incorporarse a la siembra
masiva de la oleaginosa, convertida en el principal cultivo nacional. El
reemplazo de una lógica productiva en la que se basó la organización socioeconómica
provincial durante más de cuatro decenios por otra que privilegió
la eficiencia, los menores costos comparativos y la comercialización
garantizada de los nuevos paquetes tecnológicos, suscitó conflictos y
reacciones diferenciales en el sector según la vulnerabilidad selectiva de los
agricultores chaqueños, diferenciados en grandes y pequeños. En 1992, los
primeros representaban un 6% del total y poseían entre 100 y 500
hectáreas. A su vez, los pequeños representaban el 93% restante,
constituyendo el grupo de mayor vulnerabilidad. La reconversión productiva
implicó el abandono a menos de la mitad de la superficie cultivada con
algodón, forzó la expansión de la frontera agrícola hacia áreas no
tradicionales (extremo sudoeste y oeste provincial) mediante el desmonte
acelerado y los arrendamientos temporarios. Esto conllevó a una mayor
concentración y polarización de la actividad, con una creciente marginación y
exclusión de las fracciones más desfavorecidas (Valenzuela, 2005:2).http://www.eco.unlpam.edu.ar/materia116wt.html

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